Entre rayones y obras de arte
Alonso Aguilar Orihuela*
Aunque no estamos en Nueva York, Londres, Berlín o Sao Paulo, en Oaxaca, el discurso del arte contemporáneo pasa por el graffiti como una manifestación no sólo de las inconformidades sociales o denuncias políticas, sino como una manera de cuestionar las estrategias de producción, reproducción y difusión del arte, y su consecuente vinculación con el lector.
El rostro morado de un hombre con sombrero de cuya barba emergen tentáculos que parecieran alcanzar al transeúnte; los molestos tags sólo inteligibles para quienes forman parte de una crew; el estentóreo Pedro Infante con el sombrero de charro adornado una estrella roja al frente; rostros de hombres, mujeres y niños indígenas con miradas tristes; la reproducción de una fotografía de Manuel Álvarez Bravo: Obrero en huelga, asesinado, de 1934; dibujos trazados con reminscencias de Mad Magazine, anime o videojuegos japoneses; caricaturas de algunos políticos locales y nacionales, forman parte del paisaje graffitero oaxaqueño.
Si nos permitimos apreciar de manera desapegada esta forma de expresión, apartados de los prejuicios a favor o en contra de esta actividad, volando sobre ellos, podremos distinguir un par de cuestiones profundas que el graffiti plantea a dos estructuras de poder: gubernamental y artístico, y una forma de realizarlas, en busca de un estilo propio aún no hallado por los creadores y colectivos locales.
Aquel año, el graffiti tuvo auge notorio en el número de obras y en la diferencia de los motivos, símbolos y representaciones dibujadas en varios lugares de la ciudad, con distintos estilos de trazo. La mayoría de las piezas criticaron de manera directa, hasta burda, la estructura gubernamental. Las imágenes de violencia y corrupción eran comunes. Las representaciones gráficas eran más una catarsis que una propuesta estética, la propuesta era la misma acción: el movimiento oaxaqueño de resistencia civil.
Otros creadores destacaron por impactar en el transeúnte de manera directa, pero sin olvidar el equilibrio en la composición de las imágenes, el uso de distintas placas y colores y, sobre todo, no siendo obvios, fáciles, en su discurso, sin dejar a un lado su raíz contestataria. Los colectivos Arte Jaguar, Zape, Stencil zone, Bemba klan formados antes del conflicto, y ASARO (Asamblea Revolucionaria de Artistas de Oaxaca), integrado a partir de él, son algunos de los creadores de las piezas durante este periodo, los primeros inclinados hacia una expresión artística de las denuncias sociales, y ASARO con alusiones casi panfletarias.
Si recordamos que el graffiti ha estado históricamente vinculado a la
En México la tradición de arte público es amplia. Los Muralistas, a mediados del s. XX, basados en las ideas políticas marxistas; y el movimiento de la Neográfica, en la década de los setenta, con Suma y No grupo, que apreciaban las calles de la Ciudad de México no sólo como el soporte de su obra sino como parte integral de la misma, en cuanto al contacto del arte con personas de a pie, son algunos ejemplos de corrientes artísticas vinculadas a aspectos políticos. Uno de los preceptos básicos de la neográfica fue cuestionar las estrategias de producción, difusión y reproducción del arte. Buscaba vincularse de manera directa con la gente, toparse, literalmente, con ella.
En Oaxaca, aquella intención inquisitiva hacia las instituciones del arte, si bien ha existido, ha sido secundaria. En términos generales, los graffiteros oaxaqueños o radicados en la ciudad no buscan –al menos no lo hacían— cuestionar las formas ortodoxas de difusión del arte, en un estado con una tradición plástica ancestral; pero lo han hecho. Tampoco buscaban la incursión de su obra, de su firma, en una galería o museo, ni vincularse con artistas o art dealers; sin embargo, ha sucedido.
Sin quererlo, a partir de 2006, la banda graffitera ha confrontado el art system oaxaqueño y también, en algunos casos, sucumbido ante él: ante el facilismo discursivo y la falta de creatividad en la propuesta estética de sus grabados o ante las desmedidas alabanzas de galeros.Centros culturales como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO); proyectos independientes como La Curtiduría, TyP y Salón Central; galerías como el ahora desaparecido ESMUJ (Espacio Multidisciplinario Juvenil), apoyado por la Secretaría de Protección Ciudadana (SEPROCI) y Manuel García Arte Contemporáneo; artistas como Demián Flores y Guillermo Pacheco, han prestado atención a las sensibilidades sociales expresadas a través del graffiti, y han abierto sus puertas a esta expresión.
*Alonso Aguilar Orihuela. Poeta, profesor y periodista cultural. Colabora en la revista Luna Zeta, en la sección cultural del periódico Milenio y la revista Milenio semanal.
